El 9 de septiembre de 2019 la vida de la familia Espinel Gavilán cambió drásticamente. Sobre las 09:10 de la mañana, el señor Ernesto Espinel, un reconocido maestro de construcción en Ubaté y en varias zonas de Cundinamarca y Boyacá, sufrió un accidente cerebro vascular (derrame cerebral), que lo hizo caer de un andamio mientras que trabajaba. El fuerte golpe, a aproximadamente tres metros de altura, le generó, además, un trauma cráneo encefálico severo.
Tras el doble accidente es ingresado por urgencias al Hospital El Salvador de Ubaté donde, por su complejidad, es remitido a la ciudad de Bogotá. Ya en la capital es intubado en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y dejado bajo estricta observación médica.
A ese punto, ya varios de los familiares de Ernesto, de 69 años de edad, se habían enterado del accidente. Un mes después fue dado de alta, pero su condición era de total discapacidad, no podía hablar, ni caminar.
Una lucha diaria
Al regresar a Ubaté recibió los cuidados de su familia. Su esposa, Esperanza; sus hijos y hermanos, lo acompañaron. Días después, a Ernesto le practicaron una resonancia magnética para conocer la evolución y estado del daño, cuyos resultados le llegaron dos meses más tarde.
Con resultados en mano, la familia Espinel Gavilán se trasladó hasta la Clínica de La Sabana, ubicada a las afueras de Chía, para un control médico. Sin embargo, el reporte no era el mejor. Producto del accidente, Ernesto tenía una presión en el cerebro, en el que evidenciaron presencia de líquido. “El hematoma se trató con medicamentos, pero no mejoró, fue necesario practicarle una primera intervención en el cráneo para hacerle la extracción de ese líquido”, contó Adriana, su hija.
Sumado al adverso diagnóstico médico, Ernesto y su familia debieron afrontar un proceso complicado debido a su condición de paciente con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), que tapona el flujo de aire de los pulmones e incluye síntomas como dificultad para respirar, tos, producción de moco (esputo) y sibilancias, dejándolo en una situación delicada.
“Toda la vida trabajó en construcción y ese polvo que inhaló, durante el manejo del cemento, materiales, pues fue el causante de que con el tiempo se convirtiera en una enfermedad laboral, entonces ese polvo contaminante se le fue acumulando, y nunca utilizó un elemento de protección respiratorio”, narró Alexander, otro de sus hijos.
Adicionalmente, Ernesto salió con gastrostomía, que se trata de un orificio en el abdomen por donde le introducen una sonda en el estómago para su alimentación.
El milagro
Los días pasaron y la familia de Ernesto no veía mejoría. El 27 de diciembre de 2019 fue una larga noche para la familia, pues Ernesto no dejó de convulsionar y ningún medicamento le hacía efecto. Él se encontraba en la Clínica de La Sabana luego de presentar una complicación. “Cuando sucede todo el tema de mi papá en el accidente, yo venía buscando la fe, buscando el camino de Dios. Casualmente, después de esa larga noche, la mañana del 28 de diciembre cierro los ojos, y hablo con Dios”.
—En tus manos está si mi papá se tiene que ir, de ser así que descanse; pero sí mi misión es mi papá, con mucho gusto la aceptaré–, relata Alexander. “En ese momento los signos que tenía se estabilizaron, sus ataques de epilepsia pararon y se le fue la fiebre, y ahí es donde digo: —¡wow!—, increíble entender que Dios es ese aire que sentimos pero que no lo vemos”, cuenta con emoción, quien, apegado a sus creencias, emprende lo que llama su misión: cuidar a su papá.
Tras ese día, los cuadros de salud de Ernesto se convirtieron en una verdadera montaña rusa, unos días estaba estable, otros no tanto. Para enero de 2020 es llevado de nuevo por urgencias a la Clínica de La Sabana, por un episodio de neumonía debido a su condición de paciente EPOC; en esa oportunidad, el diagnóstico médico indicaba que continuaría en estado de incapacidad, o sea, sin poder caminar, hablar, ni comer.
Negado a lo que los médicos decían, Alexander continuó adelante con “el negro”, como cariñosamente le dice a su padre. Utilizando sus conocimientos como profesional en educación física, empezó una rutina diaria de ejercicios básicos de estimulación. Por medio de bailes, juegos y coordinación viso manual, milagrosamente Ernesto empezó a mostrar mejoría.
“Durante todo ese proceso logramos que mi papá hablara, caminara, comiera vial oral, todo a sus capacidades, y pues se logró tener un resultado alentador, vinculándolos a las actividades diarias como cocinar, hacer ejercicio, bailar, se estimuló a nivel motriz y cognitivo para que tuviera asimilación de los ejercicios que venía haciendo”, cuenta.
Y es que, contra todo pronóstico, la evolución de Ernesto era evidente. Como si fuera un niño, fue aprendiendo de nuevo varias de las actividades básicas. “Las pruebas que él (Dios) pone no son fáciles, pero lo que he vivido me ha permitido tener ese gozo en mi alma, de que Dios muestra el camino para que seamos mejores personas, para que realmente nos preocupemos por los demás”, narra Alexander.
Todo parecía ir por buen camino. Sin embargo, en el mes de octubre de 2020 presentó un nuevo episodio de convulsiones, y fue necesaria una nueva resonancia magnética, donde se evidenció que tenía una hidrocefalia severa.
“Por su condición tenía neumonía otra vez, y en ese proceso de hospitalización a él le ponen un dispositivo que se llama la válvula de Hakim, que permite extraer el exceso de líquido cefalorraquídeo y tratar la hidrocefalia; el artefacto va conectado directamente al estómago y por ahí se va eliminando ese líquido, evitando las convulsiones”, explicó su hijo.
Luego de la intervención, Ernesto regresó a Ubaté bajo el cuidado de su esposa Esperanza y su hija Adriana, quien los tiene vinculados a una EPS, la cual le asignó dos enfermeras que ayudan con los cuidados.
Tras casi dos años del accidente, la familia continúa al cuidado de él, a pesar de las dificultades que trajo. Este episodio, cada día es asumido con fuerza, pues saben que de los cuidados depende la recuperación de Ernesto. “Él no se vale por sí solo, pero los tiempos de Dios son perfectos”, concluye Alexander.
“El negro” ingresará a un programa de terapia intensiva de rehabilitación, pues la familia está segura que se recuperará del todo y volverá a caminar y sonreír.
Jorge Suárez Celis
REDACCIÓN LA VILLA

