Cucunubá: tierra umbría, triste, sin una flor, perforada por años en busca de carbón

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Al leer la sección de Opinión del domingo 23 de julio en el diario El Espectador, encontré dos columnistas que hablaban en contra de las consultas populares antimineras. Quien lo hizo con mayor énfasis fue Ramiro Bejarano. Decía él que si seguíamos con esta tendencia en todas las regiones unos pocos estarían tomando decisiones por las mayorías. Pues ocurre que no, señor Bejarano, porque resulta que esas “minorías” de las que usted habla son “mayorías” en las zonas donde determinada explotación minera —llámese petróleo, carbón o lo que sea— impactará sus ecosistemas, contaminará o destruirá sus fuentes de agua, destruirá sus bosques y acabará sin remedio con su biodiversidad, que lleva millones de años forjándose.

Mi pregunta es: ¿tiene una especie dominante con apenas cuatro millones de años sobre la tierra, y aproximadamente 30.000 de civilización, derecho a atentar contra el resto de especies que habitan el planeta? Yo creo que no. Bajo ningún punto de vista. Ya es hora de que nos demos cuenta de que solo somos una especie más, un grano de arena en el cosmos, unos seres con tantos derechos como cualquier animal o planta que exista en la Tierra.

Se nota que ni siquiera se toman la molestia de ilustrarse sobre los cambios que se están dando en el mundo. ¿No saben acaso sobre las políticas a futuro de países como Holanda, Francia o Alemania? ¿No entienden que la emisión de gases contaminantes, como los emitidos por combustibles fósiles, harán irrespirable la atmósfera, no ya para sus nietos, sino para sus hijos, en pocos años? ¿Y qué hay del agua y los bosques, como los de la Amazonia o Indonesia? Víctimas del capitalismo salvaje que parece arrastrarnos a todos hacia un cataclismo suicida.

Yo les aseguro que estos señores y todos los que piensan como ellos no tendrían su finca de recreo en municipios mineros como Cucunubá; tierra umbría, triste, sin una flor, horadada por años en busca de carbón. No creo. Ni siquiera creo que ellos hayan pasado por esas áridas tierras entre Suesca y Cucunubá, por poner un ejemplo de una región cercana a Bogotá. Yo les sugiero que vayan y vean qué sensaciones se les despiertan. Luego tómense al menos el trabajo de leer a otros columnistas que explican cómo para las sociedades del futuro será mil veces más valiosa una gota de agua pura que un millón de barriles de petróleo.

Los reto a que me digan mentirosa o fatalista. Pueden decir lo que sea, pero lo cierto es que el futuro es la energía solar, eólica y eléctrica. Y si nuestra economía va a sufrir porque el 30 por ciento de nuestro presupuesto anual lo pone Ecopetrol, pregúntenle a cualquier europeo consciente si no estaría dispuesto a pagar porque mantengamos nuestros bosques, nuestras aguas, y sigamos produciendo buena parte del aire que respira el mundo. Así que dejemos de ser psicorígidos y metalizados. La minería es una peste que destruye todo; y eso cualquier sociedad medianamente inteligente lo puede entender.

En cierta manera es lógico que quienes tengamos una expectativa de vida de alrededor de 40 o 50 años no imaginemos un mundo sin automóviles con motor a combustión, ni el sueño de la sociedad de consumo que venden los gringos desde los años 50 aproximadamente. Pero no hay que olvidar que tenemos hijos, y en algunos casos, nietos que pueden incorporar en sus cerebros los conceptos del futuro: energías limpias, recursos y desarrollo renovable, economías diferentes a las de mercado, tecnologías amigables con el medio ambiente, vegetarianismo. Ese es el futuro, si lo que queremos realmente es que haya planeta para nuestros descendientes.

Sandra Hernández