Identidad de género, mucho más que una inclinación sexual

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Juan Carlos Molano, Lingüista.

Crecí en un entorno familiar formado en las creencias católicas, apostólicas y romanas; fui mariano, tanto como para asistir durante una cantidad de tiempo considerable a la Orden de los Caballeros de la Virgen; concurrí a la misa dominical y los titos eclesiásticos quizá hasta los 16 años.

Cuando les conté a mi papás que me gustaban los hombres, lo hice convencido de que no estaba rompiendo ninguna “ley de la naturaleza” ni quebrantando el orden establecido, canónico, del mundo para llevarlo al caos. Mamá y papá, en diferentes momentos y de maneras distintas, aceptaron mi decisión de vida y el ejercicio de mis derechos, así como me transmitieron su amor, su entendimiento y su apoyo. No fue fácil. Ni para ellos ni para mí. Y tal vez fue más vericueto el camino para uno que para otro. Aún hoy siento y tengo la certeza de que lo están transitando. Sin embargo, están ahí, con todo su apoyo, amor, comprensión y -sobre todo- respeto. Están ahí haciendo F A M I L I A conmigo. Jamás me retiraron de su entorno ni me rechazaron.

Todo ello incidió en que yo no fuera ni hubiera permitido ser, en el sentido estricto de la palabra, matoneado en el colegio o la universidad, ni que lo haya sido laboralmente, por mi gusto emocional, físico y erótico hacia los hombres. Y con lo anterior no digo que uno tenga parte de la culpa en ser matoneado, porque no es así: el que matonea es victimario ciento por ciento.

“Yo respeto la diferencia de quienes no comparten ser homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgénero, intersexuales; pero no estoy dispuesto a que me vapuleen por pensar diferente a ellos. Yo respeto que sean heterosexuales, ¿por qué ellos no están dispuestos a respetarme?”

Aun así, a ese victimario sí lo he conocido: hombres y mujeres heteronormalizados que me han dejado de saludar por el mismo hecho, por la decisión y el derecho que tengo -igual que todos- a tomar determinaciones sobre mi vida y mi cuerpo. Y por mi felicidad. Me ha dolido, sí; me ha importado, sí; ¿me importa?, ¿ahora?, no; tampoco me ha detenido a ser quien soy y, más bien, me ha impulsado a ser la mejor versión de mí. Ello no quiere decir que me adhiera a su punto de vista ni que lo comparta; simplemente, a todos los he respetado, así como sus opiniones y creencias. Espero que quieran y sean queridos, así como respetados, y necesito que respeten.

Esta reflexión, este recuento público de parte de mi vida, me lleva a dos formulaciones.
La primera es: si mi núcleo familiar, con la forma que tiene, entendió, apoyó y respetó mi decisión, y si yo, como individuo y como ser humano, me comprendo, me amo y me respeto, ¿por qué un político, un doctrinario, un seguidor religioso, un padre o una madre de otra familia, no respeta mi derecho y mi vida?, ¿qué le da el derecho a criticar y a juzgar(me)?, ¿no pensar como yo?, ¿no actuar como yo?, ¿no reaccionar como lo hago yo?

La segunda formulación es, y pretendo que sea, un argumento que alimente y fortalezca mi posición, les interese o no a los detractores de la equidad: debido a quien he sido, a la familia que he tenido, a la formación académica que he recibido, hoy soy un hombre al que le gustan -orgullosamente- los hombres; un profesional que demuestra su valía por los procesos y resultados de su trabajo; un ser humano que intenta todos los días contribuir al mundo con tolerancia, persistencia y resistencia; una persona feliz y satisfecha con lo que ha logrado en su vida hasta ahora, y -una vez más- un hombre feliz, que se siente querido y amado, y que -por lo mismo- es capaz de comprender, querer, amar y respetar a otro ser, con quien comparte una vida de pareja actualmente.
¡SÍ! He formado mi versión de familia: dos hombres que se apoyan, quieren, aman y respetan, quienes intentan sobrepasar los orgullos y egos para fortalecer un proyecto conjunto que tiene un único techo; dos hombres que aportan todos los días lo mejor de sí para construir una vida que los llene de paz, tranquilidad, confianza, seguridad, respeto, comprensión, entendimiento y más amor.

¿Quién cree tener el derecho de criticar y juzgar mi versión de familia?, ¿quién si no ha sido aquel que la ha fomentado?, ¿quién si no ha sido el que ha demostrado su amor, respeto y tolerancia?

El único de esos quien que me interesa es el legislador colombiano. Necesito que sea justo y se asegure de que haya justicia en el país, que legisle de acuerdo con el significado de una sociedad progresiva, necesito que respete los derechos humanos a cuya Declaración Universal se ha adherido. Ese quien no puede tener interferencia eclesiástica, debe responder a las necesidades de este país que se prepara para la paz y necesita, con urgencia, enseñar y fomentarle a su Nación que la diversidad está en todos los aspectos de la vida humana y que ante ella la respuesta adecuada es el respeto de la diferencia.

Yo respeto la diferencia de quienes no comparten ser homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgénero, intersexuales; pero no estoy dispuesto a que me vapuleen por pensar diferente a ellos. Yo respeto que sean heterosexuales, ¿por qué ellos no están dispuestos a respetarme?

Juan Carlos Molano

Lingüista

Universidad Nacional